Esta es la historia de Félix, quien desde muy pequeño vivía en un pueblito del interior de la provinicia de Buenos Aires. Allí creció y se crió bajo el tutelaje de dos tías. Había nacido en la Capital pero nunca conoció a sus padres ni a una hermana mayor, o por lo menos no tenía de ellos ningún recuerdo. Sólo contaba con seis meses, cuando en una madrugada de frío y niebla lo había alcanzado la tragedia al volver con su familia de la fiesta de compromiso del socio de su padre. El automóvil en que regresaban a casa se vió envuelto en un terrible accidente de tránsito en el que su familia entera murió así, de golpe. Por una de esas vueltas del destino que todos queremos creer tienen algún propósito, Félix no sólo se salvó sino que resultó totalmente ileso.
Las tías ya mayores se hicieron cargo de su crianza luego de pasado el primer choque emocional y un sinfín de tramitaciones y papelerío legal. No fue hasta años después que se enteró que todo esto no sucedió sino luego de muchas reuniones y discusiones entre sus parientes, pués parecía ser que nadie quería asumir la tremenda responsabilidad de una adopción
Tía Amalia era pariente legítima, hermana de su padre y tía Esther tenía con ella alguna relación lejana que nunca fue hecha totalmente clara. De todas formas, ambas vivían juntas y desde sus primeros recuerdos Félix las había sentido a ambas dignas del familiar título de tías.
Para ellas tampoco fue nada fácil la decisión. Ambas eran solteronas y de magros recursos económicos. Cristianas muy devotas que habían recibido a Félix en la mitad de sus vidas ya establecidas, con rutinas rígidas y hábitos adquiridos con los años, y el cambio, había sido no sólo repentino, sino también un arduo desafio de voluntad y fe. Además, apenas unos años atrás y en un pueblo chico, se hallaban constantemente en la vidriera de la opinión pública y debían rendir exámen a diario. Definitivamente sus vidas habían sido alteradas drástica y profundamente.
Su temprana niñez fue un tiempo duro para todos, de cambios rápidos sobre la marcha y acostumbramiento mútuo; pero ahora, comprimido en el recuerdo, ese tiempo parecía haber pasado muy pronto y el balance era decididamente positivo.
Félix tenía ahora veinte años y había crecido buen mozo y de carácter tranquilo y respetuoso. Las tías ya acusaban el paso impiadoso del tiempo. Y dadas las circunstancias, su libertad siempre fue bastante restringida. Al principio por la rigidez que la responsabilidad de su crianza demandaba y ahora por la dependencia en él, que sus tías habían ido acrecentando con el paso de los años.
Su carácter apacible e introvertido, hacía que Félix tuviera más inclinación hacia la lectura y el estudio que los deportes. Si bien era conocido por todos, no tenía íntimos amigos entre los otros muchachos del barrio y tampoco le había molestado mucho que sus tías le prohibieran, cuando pibe, la práctica de los “juegos brutos” que los otros chicos adoraban. Disfrutaba más de las labores intelectuales y prefería, quizás por fuerza de la costumbre, la compañía femenina. Jamás se había metido en problemas serios ni había ocasionado grandes disgustos, y de esta manera, consideraba estar saldando satisfactoriamente la deuda de tantos años de sacrificio que su educación y crianza había impuesto a sus tías.
Carecía totalmente de cualquier experiencia amorosa con el sexo opuesto y salvo por largas charlas y salidas inocentes compartidas con buenas amigas, nunca había encarado alguna relación seria, y lo curioso quizás, era que hasta ahora no lo había necesitado. Era la suya una actitud muy distinta a la de los otros muchachos del pueblo, que desde temprana edad venían perfeccionando el arte de la conquista femenina.
Félix era un chico sosegado, reservado, pero que no tenía bien en claro su rol en la vida y eso lo confundía. Se sentía distinto y no sólo por el hecho de ser huérfano. Su sexualidad había sido hasta ahora casi neutra y sus sentimientos al respecto eran conflictivos. No disfrutaba plenamente de la compañía de los otros muchachos, pero también era verdad que sentía cierto tedio cuando pasaba mucho tiempo con una chica. Poco a poco fue comprendiendo que debía cambiar de algún modo la monotonía en que se estaba desarrollando su vida.

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