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 EL CIRCO DE LA ALEGRIA IV. CUENTO

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luis tejada yepes
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MensajeTema: EL CIRCO DE LA ALEGRIA IV. CUENTO   Dom Jun 01, 2008 9:30 pm

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Valencia es un pueblo polvoriento, situado en las orillas del Ro Sinú. Allí desde los años setenta se asentó un conocido líder paramilitar junto con sus tropas de élite. En la zona rural tenía su cuartel general. El casco urbano era el sitio de diversión y descanso de los trajines diarios, era el sitio en donde los guerreros desfogaban los ímpetus juveniles después de realizar las múltiples tareas propias de la guerra. Era un escenario disputado a sangre y fuego entre ellos y las guerrillas comunistas.
En esa confrontación la peor parte la había llevado estas últimas. Asediadas por el ejército oficial y las autodefensas se vio obligada a retirarse a lo más profundo del Nudo del Paramillo, zona inexpugnable de donde no saldría en muchos años.
Solo una vez realizaron una misión de envergadura en compañía de otra guerrilla aliada, presente en los alrededores. Cuatrocientos hombres se tomaron el Cuartel General de las Autodefensas en la región y mataron a decenas de paracos y civiles habitantes del caserío en donde se asentaba dicho cuartel. En el momento del ataque todos se volvió un caos, lo civiles desesperados trataban de abordar cuanto vehículo trataba de arrancar, pero más adelante eran recibidos por los guerrilleros emboscados que no daban tregua a nadie. Entre los primeros muertos encontraron un cadáver, a los asaltantes se les hizo parecido al más importante jefe paramilitar de la región. Lo cargaron y lo llevaron ante algunos prisioneros que tomaron inicialmente, les preguntaron si se trataba del jefe. En últimas, irónicamente, resultó ser un secuestrado, militante de la guerrilla, que las autodefensas mantenían de rehén debido a su importancia jerárquica e intelectual.
El combate duró varias horas, los guerrilleros lograron cercar un grupo de enemigos en un claro de monte sin saber que entre ellos tenían acosado al tan buscado jefe. Cuando el cerco se cerraba, de súbito, sobre los árboles, apareció un helicóptero piloteado por otro importante jefe paramilitar. Este rescató al jefe y al escolta más valioso, nadie más cabía en el aparato, los demás fueron abandonados a su suerte.
Los guerrilleros decepcionados se retiraron a lo profundo del monte. Posteriormente, debido quizás al fortalecimiento de la capacidad aérea del ejército, la guerrilla tuvo que pasar nuevamente a etapas superadas de guerra, en este caso a mantenerse en pequeños grupos, evitando o más bien imposibilitada de concentrar grandes cantidades de tropas porque podían ser detectadas fácilmente desde los satélites espías.
El Jefe paramilitar indignado y preocupado por una acción de tanta envergadura por parte de la guerrilla dio una orden demencial para tratar de contrarrestar el avance de una guerrilla que creían casi al borde de la extinción. En solo quince días los frentes del Norte del país tenían que hacerle mil bajas al enemigo. Esto significaba la masacre de civiles, porque a la guerrilla, en razón de su táctica militar ¿en donde la iban a encontrar para hacerle tal cantidad de bajas?. Para cumplir la cuota aniquilaron poblaciones enteras y fueron muchos los inocentes caídos en aras de cumplir el plan ordenado.

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-¡Buenos días, señores!-.
Les dijo el Gran Gabú a los recién llegados con gran prosopopeya, dirigiéndose especialmente al que, por su aspecto veterano, consideró el más importante de los hombres parados al frente de él, los cuales a su vez lo revisaban de pies a cabeza, con mirada divertida. El cirquero para la ocasión lucía su mejor traje, en el que se destacaban el chaleco de fantasía y las polainas de montar a caballo, accesorios nunca vistos por estos sitios olvidados de Dios.
-Buenos días-
Le contestó precisamente el personaje ubicado por él como el más importante de los presentes. No se había equivocado.
-Le agradecemos su visita a este pueblo…pocos espectáculos se presentan por aquí… esperábamos la llegada con ansias, ya nos habían avisado de su arribo al río y entonces le dije a mis hombres, nos llegó la diversión, vamos a saludar al circo. Desde chiquito no asistía a uno. Me acuerdo como si fuera hoy, se llamaba “Egred Hermanos”. Vino a presentarse a Medellín…mi papá nos llevó a todos los hermanos…muy bueno…si…-
Dijo con una voz que denotaba nostalgia de tiempos felices.
Pues Señor, el nuestro está a la altura del mejor de los circo del mundo…
Le interrumpió el Gran Gabú con voz celosa.
El jerarca paramilitar miró a los ojos al cirquero y después dirigió la mirada a la raída y remendada carpa
-No lo dudo, lo digo mejorando lo presente-.
Dirigiendo en el mismo momento a sus acompañantes una mirada cómplice y burletera.
Bueno, mire…venimos a que nos reserve la primera fila, vamos a venir muchos…unos diez… .No le quitamos más tiempo, era sólo ese el motivo el que nos traía por estos lados.
Se lo dijo con voz del enseñado a mandar. Con una ligera señal les informó a los hombres regresar a los vehículos. Se retiraron en medio de carcajadas sin cuidarse de no ir a ofender al Gran Gabú. Unos hacían comentarios en torno al chaleco, otros sobre las botas, sobre el sombrero, en fin no se les pasó ni un detalle de la vestimenta del Gran Gabú.
Mientras tanto el cirquero mayor los seguía con una extraña mirada, el rostro se había endurecido, muy raro en él que generalmente respiraba bondad por todos los poros de su envejecida humanidad.

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El día del espectáculo transcurrió lento, el tiempo parecía detenido en el momento más caliente del día. El sol canicular hacía mella en todas las personas; sin excepción sudaban a cantaros y renegaban de lo caliente del día; único tema de conversación en los corrillos acostumbrados en los distintos mentideros de Valencia.
A las seis de la tarde, cuando el sol se perdió en el horizonte, varias personas hacían cola ante una ventanilla, levantada en uno de los costados de un gran cajón de madera, que hacía las veces de oficina de ventas de la boletería del Circo de la Alegría.
El espectáculo estaba programado para las siete de las noche, los artistas, escondidos tras una cortina se ocultaban de los compradores; veían en la cola un buen presagio: tendrían lleno total, si faltando una hora ya había más de veinte personas haciendo cola para adquirir las boletas, significaba que por fin habría sueldo completo y quizás habría un descanso que les permitiera ir a visitar a las familias. La correría se estaba haciendo demasiado larga y a muchos de los artistas les estaba haciendo unas merecidas vacaciones al lado de sus familias y en los pueblos de origen.
Como le habían solicitado los paracos con el jefe máximo a la cabeza, la primera fila de asientos se reservaron, por orden del Gran Gabú, para tan importantes personajes. Faltando poco para empezar el espectáculo llegaron los carros con los esperados por las sillas vacías al lado de la pequeña pista circular.
El gran Gabú esperó a que se sentaran para dar comienzo al espectáculo nunca antes visto en esa importante ciudad. El gran jefe paramilitar tomó asiento en medio de los escoltas. Detrás de la hendidura que dejaba una pesada y desteñida cortina, el Gran Gabú no se perdió ningún movimiento del poderoso jefe paramilitar, el cual parecía un niño más, esperando se iniciara la diversión.
Ante los silbidos y gritos de ¡comiencen!, el Gran Gabú hizo una entrada triunfal, se inclinó ante la ovación cerrada del público infantil en su mayoría, y como un torero triunfador dio una vuelta de trescientos sesenta grados con el sombrero de copa en alto.
A medida que hablaba sobre el espectáculo a presenciar por los privilegiados asistentes, se acercó lo más posible al paraco mayor. Cuando estuvo a unos dos metros del hombre introdujo la mano derecha al bolsillo interior de la chaqueta, portada con elegancia sobre el chaleco que había causado tanta risa a los visitantes el día anterior, y extrajo una pistola. A los ojos del comandante y de los escoltas se les hizo como un arma de utilería para calmar, quien sabe a cual animal feroz, a presentar durante el espectáculo. Por eso no movieron un solo dedo cuando el Gran Gabú apuntó sobre la humanidad del jefe paraco, que reía a mandíbula batiente ante la ocurrencia del extravagante director del circo. Lo último que vio fue un fogonazo que salía del cañón del arma. Se fue hacia atrás, sobre los escoltas que le cuidaban la espalda. En ese momento se hizo un silencio sepulcral en toda la instancia, todo el mundo trataba de analizar lo ocurrido, posiblemente se trataba de algún espectacular acto con complicidad del jefe paramilitar. Todos los escoltas permanecían en sus puestos esperando se levantara el caído muerto de la riza y todos celebrarían tan novedoso acto circense. Paso un largo minuto y el caído no se movía, al tratar de levantarlo pudieron ver que el hombre estaba totalmente muerto, con el pecho perforado por una bala a la altura del corazón, disparada por una pistola Smith & Wesson M645, 9 milimitreos.
Del estupor pasaron al desespero, provocado por el hecho de haber quedado huérfanos de padre, y posteriormente a la ira desenfrenada ante lo ingenuos que habían sido al permitir un movimiento de este tipo. Todos los presentes se precipitaron fuera del circo en medio de gritos de terror. Los escoltas se abalanzaron sobre el grotesco hombre de vestido chillón que trataba de huir hacia al lado contrario del lugar del suceso, más por reflejo, que por creer en la posibilidad de salirse con la suya.
Cada a uno de los asistentes al espectáculo, se sentía afectado por el suceso de acuerdo a sus intereses: Los civiles de una u otra manera habían aceptado el poder del muerto, un orden establecido a través del terror, pero al fin y al cabo este les daba cierta tranquilidad en el diario existir frente a una guerrilla merodeando muy cerca y a veces incursionando, tratando de cazar a tan preciosa presa, llevándose muchas veces la vida de alguno que otro civil atravesado en su camino de muerte y acusado de ser colaborador de los paramilitares.
La muerte del jefe seguramente debilitaría el poder de las autodefensas en la región. Esta circunstancia podría ser aprovechada por la guerrilla para tratar de recuperar el camino perdido. En ese tire y afloje se produciría el desplazamiento de muchos de los habitantes de la región, temiendo por sus vidas, ya que no se les perdonaría el “apoyo” que brindaron a los paramilitares. Por eso se sentían desesperados. Tratando de huir hacia sus respectivos hogares, tumbaban todo y a todos lo que se les atravesaran en el camino. Lo más importante en estos momentos era ponerse a salvo mientras decidían que camino tomar.
Los pobres artistas del circo quedaron estupefactos ante semejante acción de parte de su querido patrón, jefe, padre. Todavía no digerían las consecuencias para ellos en estos momentos de semejante crimen, solo trataban de responderse el porque un hombre tan pacífico, alejado de la política, preocupado solamente por el bienestar de todos, realizó un acto suicida tan inexplicable para ellos.
Huir lo consideraban inútil, además ellos no tenían "velas en ese entierro". Esperaban consideración de los demás paracos. Todos rezaban para que no fueran a tomar ninguna represalia mortal contra ellos, inocentes y desconocedores del porque de lo ocurrido. Vana esperanza.
El único sobreviviente a la retaliación posterior fue el enano. Este aprovechando su poco volumen se camufló dentro de un bulto de verduras pasando indemne por el reten paramilitar en las afueras de Valencia. El resto de artistas fue interrogado a la manera de los paracos: Cante lo que sabe antes de morir. Escoja si quiere morir rápido o en medio de una terrible agonía.
Casi todos confesaron su culpabilidad para evitar las torturas. Fueron enterrado en una fosa común en la afueras de Valencia. Al final de cuentas la información sacada a los torturados no servía absolutamente para nada. Ninguno tenía ni idea de las intenciones del Gran Gabú. Cosa sin importancia para los ofendidos paracos.
De todas maneras tuvieron la precaución de conservar el cadáver para su identificación. No había quedado muy despedazado después de la tanda de patadas aportada por cada uno de los comandos de la escolta del jefe paramilitar.
Se comunicaron con el comando central el cual alertó a los organismos investigativos del Estado para que identificaran al atacante, para así poder determinar de donde provino el ataque.
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