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 EL CERTAMEN

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Xanino
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MensajeTema: EL CERTAMEN   Vie Jul 02, 2010 3:37 am



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"No hay espejo que mejor refleje
la imagen del hombre que sus palabras".
Juan Luis Vives.


EL CERTAMEN

Volví a releer la novela escrita en primera persona. Me sentí satisfecha con el resultado. De alguna manera mi vida se identificaba con la de la protagonista y eso era cuanto había pretendido al escribirla. El argumento, creado sobre esa base real al que había añadido proclives ensoñaciones que siempre me proporcionaban suficiente materia para hacer y deshacer historias con las cuales construía mi narrativa, se sustentaba en los sucesos de la vida de una pareja cuyos sentimientos trataba de exponer con claridad puesto que eran los mismos que yo experimenté al llegar a la ciudad de San Sebastián después de largos años sin visitarla. Mientras me adentraba en su lectura, pensaba en lo hermoso que hubiera sido vivir un amor como el narrado en ella. Incluso la muerte final a la que condenaba a la protagonista, la habría aceptado en la vida real a cambio de haber podido percibir aquellos profundos sentimientos. Siempre había creído que lo importante era cómo y qué se vivía y no cuan larga podía llegar a ser la existencia.
Fui consciente de que aquel corto análisis, intensificaba la sensación agridulce observada al visitar mi ciudad natal; aquel hondo sentimiento un tanto incomprensible mezcla de dolor, felicidad y esperanza, que me acompañó durante toda mi estancia en la hermosa capital donostiarra.
Desde entonces habían transcurrido dos años y mi vida continuaba serena después de mi viudez. Intentaba cumplir con ese deber puntual que marcó siempre todo el proceso de mi existencia, cuando, una tranquila mañana de domingo mientras hojeaba los periódicos del día en mi piso de la calle Alcalá de Madrid, destacó ante mis ojos la organización de un certamen literario en donde se admitían novelas cortas y que despertó el innato gusanillo de escritora que poseía. ¿Y si participara con mi novela? - me dije.
La afición por escribir la llevaba en los genes. Así lo había considerado siempre desde un día, cuando, siendo todavía una niña, recordaba como al mostrar a mi madre mi primer cuento escrito, me explicó con gran orgullo, la inclinación que las féminas de la familia habían manifestado siempre por el arte de la escritura.
Esta explicación la confirmé un tiempo después siendo ya adolescente, cierta tarde lluviosa de esas en las que, recogidos en la comodidad del hogar, nos entretenemos en la práctica de esos actos que siempre quedan relegados a los días aburridos, aquellos en los que es inevitable permanecer entre las cuatro paredes de nuestro hogar. Aquella tarde, se me ocurrió revisar fotografías familiares y así fue como encontré una que ha sido la causa principal de esta historia.
Mi madre acostumbraba a guardar las fotos de la familia en una bonita caja de cartón decorada por ella misma que se encontraba semioculta en el altillo de uno de los armarios de la casa donde entonces vivíamos. Aquella tarde lluviosa y aburrida, cogí la caja para curiosear y entre las fotografías clasificadas por más antigüedad, la encontré. En una cartulina gruesa de color sepia algo deteriorada en las esquinas, se veía retratada una dama de parentesco ignorado, vistiendo unas ropas a la moda de finales del siglo XIX o principios del XX, sentada frente a un velador con una pluma en la mano dispuesta a escribir sobre un papel en blanco. Inmediatamente pensé que ella era la pariente transmisora de mi afición por la escritura y este fue, en un principio, uno de los motivos de mi interés por aquella fotografía. Pero hubo otro que me inquietó en extremo porque me causó una fuerte sensación afectiva a la cual me fue imposible darle una explicación coherente. La dama en cuestión lucía en el centro del escote de su blusa un broche redondo, bastante grande, que tenía claramente grabada en su centro una cruz celta. Este detalle singular, me atraía como un imán cada vez que la admiraba y como carecía del conocimiento de un apelativo con el cual nombrarla, la pariente no identificada de la fotografía, quedó bautizada con el apodo de "la mujer del broche celta". Una mujer que comenzó a ser para mí, un modelo a seguir. Alguien olvidado que ya en aquellos tiempos de dominación masculina, tenía la facultad, la valentía y el gusto por la escritura hasta el punto de querer perpetuarlo en una cartulina.
Reconocía que esta actitud de la desconocida pariente, hasta cierto punto desafiante en la sociedad de aquellos años, fue la que muy probablemente me llevó, sin ser muy consciente de ello, a conservar la foto con cariño, como un recuerdo escondido e íntimo que enraizaba mi identidad con un pasado ancestral de lo que yo consideraba también, mi desatino, pues, además de la innata afición por la escritura, sentía una fuerte atracción por todo aquello que tuviera un origen celta, hasta el extremo de intentar adquirir tantos cuantos conocimientos pudiera sobre esta cultura que me fascinaba.
Aun conociendo que la calidad literaria de mis novelas no tenía suficiente mérito para competir con plumas más diestras, no pude negarme al impulso incontrolable que me susurraba: "...participa". Así fue como escogí mi obra más amada, la titulada "La familia Armendia". No me concedí espacio para razonar, al día siguiente, la envié por correo certificado a la dirección del certamen y la olvidé.













2

Álvaro Armendia se sorprendió al leer la coincidencia de su nombre y apellido con el del protagonista de la novela que sujetaba entre sus manos. Era uno de los relatos llegados al certamen en el que había accedido a formar parte del Jurado cuando, su amigo Pablo, le pidió que aceptara este cometido como filólogo que era. En un principio se negó, le desagradaba el trabajo, aparte de hacerse pesado por la cantidad de manuscritos que se debían leer, siempre que había aceptado realizar esta tarea, le quedaba una sensación de culpabilidad cuando se veía obligado a juzgar uno en particular entre otros muchos que, comprendía, habían sido escritos con la mayor ilusión, pero, ante la insistencia de su amigo y como la petición coincidía con su estancia en la capital de España para otros asuntos personales, aceptó la tarea.

Había decidido pasar un tiempo en España, le apetecía, se sentía cansado de la lluviosa Irlanda que, aunque fuera un país al que estaba acostumbrado, de vez en cuando tenía la necesidad de abandonarlo para empaparse de ese sol español tan añorado.
El relato que hojeaba, leído objetivamente, no tenía la suficiente calidad literaria como para ser ganador, ni siquiera para ser finalista, pero lo que le había impresionado era su contenido y sobre todo, la coincidencia de que el protagonista masculino, se suponía que por una de esas casualidades inexplicables, llevara su mismo nombre y apellido. Esta especial concordancia era lo que había despertado la sensación de que aquella historia iba destinada a él personalmente, como si el autor fuera algún antiguo y olvidado amigo que lo estuviera buscando de manera anónima.
El argumento, al desarrollarse en San Sebastián, ciudad de su nacimiento, se podía considerar también como otra casual sincronía puesto que le transportaba a sus años juveniles, aquellos años en los que acostumbraba a pasear por la Concha, llegando hasta Ondarreta y el monte Igueldo donde se detenía para descansar un largo rato en la contemplación del maravilloso paisaje. Recordaba, confuso, como por aquel entonces ya lejano, incluso había pensado que aquella zona era, precisamente, donde estaba predestinado el encuentro del gran amor de su vida; ese amor tan soñado en la juventud que, sin embargo, se queda siempre escondido entre los repliegues de la mente hasta su lento y completo olvido.
Todo sucedió aquel año cuando tomó la decisión de practicar el idioma inglés para poder hablarlo con fluidez por lo que aprovechó las vacaciones de verano y se trasladó a Dublín con un grupo de estudiantes que hacían intercambio. En aquella ciudad conoció a Sarah, una tarde en la que fueron a un Pub donde se cantaba y tocaba música celta por grupos autóctonos y españoles. Sarah era una muchacha bastante bonita, una pecosa muy simpática, de piel blanca y suave como una perla recién encontrada en una concha. Al poco tiempo contrajeron matrimonio pero, desgraciadamente, duró muy poco. Después del nacimiento de su único hijo, todo finalizó en un fracaso sentimental. A partir de entonces su vida se dividió entre España e Irlanda; en la isla esmeralda trabajaba como profesor de español, clases que intercalaba con otras de literatura en España además de dedicar muchas horas a la escritura de novelas y ensayos por los que era conocido en el mundo literario.
Aquel relato que ahora sostenía en la mano, le hacía revivir sentimientos olvidados y una indescifrable sensación de ansiedad que, a pesar de los años transcurridos, reaparecía con fuerza cada vez que en sus frecuentes viajes a la capital donostiarra, se acercaba al barrio de Ondarreta.
La sincronía de sus propios sentimientos con los narrados en el relato, le impulsaron a desear conocer a la persona que los había plasmado en un papel de una manera tan acorde y aunque sabía que no era muy legal, consiguió los datos del escritor, en este caso escritora, que se llamaba Marta Ruiz y vivía en Madrid. Necesitaba aclarar aquellas coincidencias que habían alterado la tranquilidad de su vida programada.
Eran las nueve de la mañana cuando se levantó. Después de asearse y tomar el desayuno que había pedido por el teléfono interior de la habitación del hotel, marcó el número que tenía anotado en su agenda.





















3

El repiqueteo insistente del teléfono me sobresaltó. Respondió una bonita voz de barítono que pronunciaba mi nombre y se presentaba como Álvaro Armendia. De una manera correcta y clara, me dijo haber leído una novela firmada con mi nombre que le había dejado muy impresionado y, con gran cortesía, solicitó una cita para conocernos personalmente, deseaba intercambiar opiniones sobre aquel escrito que tanto le había conmovido - me dijo- y que concordaba con su propia vida.
Tuve que hacer un esfuerzo para saber de que me estaba hablando puesto que ya había olvidado el envío de aquella novela al certamen, hasta que, al proporcionarme unas explicaciones más exhaustivas, mientras escuchaba sus palabras, pude colocar de una manera adecuada en mi mente, la extraña situación.
Aun sintiéndome desconcertada por unos acontecimientos poco comunes, acepté la cita para el día siguiente, más por curiosidad que por interés y en parte, también, por la amabilidad y corrección conque el encuentro había sido requerido. Sin embargo, tengo que reconocer la inquietud de aquella noche al pensar en la inusual llamada y cuando llegó la hora de la entrevista, el nerviosismo me controlaba hasta tal punto, que al sonar el timbre de la puerta, me obligué a dominar la tentación de no contestar y olvidar aquel suceso incomprensible. Pero como, al mismo tiempo, también se había apoderado de mí una intensa curiosidad, seguí adelante dispuesta a conocer el resultado de todo aquel enredo.
Cuando salí del portal le vi parado en la acera frente a un coche negro. De bastante estatura, delgado pero no flaco, con el pelo canoso y tez clara, me miró interrogante. Se dirigió a mí y al presentarse, al mismo tiempo que un apretón de manos, hubo unos instantes de mal disimulada mutua observación que por mi parte resultó satisfactoria. El hombre no era guapo pero sí atractivo. Dueño de una dulce mirada y agradable sonrisa, solícito, sujetó la puerta de su coche para permitirme la entrada y, en un silencio embarazoso, emprendimos la marcha por la gran urbe sin rumbo fijo.
La conversación la inició él y se centró en la ciudad de San Sebastián que tanto se nombraba en la novela pero pronto llevó la charla hacia lo que más le interesaba, las coincidencias de su personalidad con el protagonista. Tuve que asegurarle casi con juramento, que el nombre escogido para el personaje masculino era otra coincidencia más a la que no podía dar un razonamiento, surgió en la mente sin buscarlo. Álvaro era un nombre bonito y Armendia me pareció un apellido vasco, nada más. Esto nos llevó a una intimidad no buscada en aquel diálogo que rompió totalmente el hielo del momento circunstancial.
Mientras el coche circulaba por carreteras de circunvalación, comenzamos a reconocer como ambos sentíamos un gran fervor por nuestra ciudad natal y entretanto uníamos alabanzas hacia su belleza, recordábamos momentos amables por el recorrido de sus calles, plazas, paseos y playas al mismo tiempo que lamentábamos nuestra marcha de la ciudad. Y así fue como, antes del retorno a casa, me informó con detalle de las peculiares impresiones experimentadas siempre que visitaba Ondarreta, precisamente el barrio donde yo había nacido y vivido en mi infancia y adolescencia. Al conocer esta nueva simultaneidad, nos sentimos tan marcados por el destino que ambos nos quedamos enmudecidos hasta que, de pronto, comprendimos la unión misteriosa que enlazaba nuestras vidas.
Aquellas casualidades inverosímiles, la afinidad de ideas y gustos descubiertos poco a poco, nos unió con rapidez y la tarde resultó muy agradable, tanto que no tuvimos necesidad de salir del coche para buscar una distracción. Cuando ya la conversación disminuyó su intensidad, regresamos a casa y al despedirnos, reconocimos que nuestro encuentro, estaba marcado por los hados.
A partir de aquella fecha las reuniones fueron tan frecuentes que acabaron siendo diarias. Álvaro permaneció en Madrid sin ningún deseo de trasladarse a Irlanda y entre charla y charla, descubrimos similitud de aficiones que acrecentaban nuestra unión.
Pasó un cierto tiempo de tranquilo compañerismo que afianzó, paulatinamente, los lazos de amistad. Álvaro conoció a mis hijos y yo prometí conocer al suyo en un próximo viaje a Irlanda; para nuestra suerte, todos aprobaban nuestros encuentros y tanto él como yo fuimos conscientes de cómo aquella amistad surgida de una manera tan poco común, afianzaba la atracción mutua cada vez con más fuerza.
En una de las ocasiones en que volvíamos a casa después de asistir a un concierto en el Auditorio, rompiendo el silencio que con frecuencia surgía entre nosotros, ese silencio entrañable innecesario de palabras para unir nuestros pensamientos, Álvaro dijo lacónico:

-Te quiero.

Mi corazón se inundó de una dulzura nunca antes experimentada y no puedo decir si fue la gran felicidad que sentí o la necesidad de disfrutar en silencio de aquella espontánea expresión, pero no pude responder, permanecí en un mutismo absoluto paladeando aquellas hermosas palabras. Cuando al llegar a casa descendí del vehículo, en lugar de un adiós de despedida, fue cuando pude pronunciar con tenue voz uniendo la frase como si no hubiera existido ningún silencio, un suave:
-Yo también.

Contemplé la feliz sonrisa de Álvaro que, sin embargo, me dejó un poco sorprendida y decepcionada, porque en lugar de acompañarme como esperaba, partió veloz, como si aquella respuesta mía, le hubieran proporcionado deseos de alejarse en lugar de permanecer a mi lado para deleitarnos con nuestros sentimientos.
El timbre de la puerta de casa, sonó unos minutos más tarde, al abrirla, me encontré ante un Álvaro radiante que me ofrecía un hermoso ramo de rosas, rosas que transformaron definitivamente la amistad en un sincero amor.
Aquel verano decidimos trasladarnos juntos a San Sebastián, un imperioso deseo que atribuimos a nuestra mutua admiración por la ciudad, nos impulsaba a viajar hasta aquella población norteña para permanecer allí durante una larga temporada. Necesitábamos reencontrar una vida perdida pero que permanecía vigente en nuestras mentes y que teníamos la seguridad de poder recuperar.
Llegamos a finales de Junio llenos de una euforia que apenas nos mantuvo unos momentos en el piso del número 5 de la calle Oquendo donde nos instalamos. Una vez descargado el equipaje, el apremio por visitar el barrio de Ondarreta que tantos recuerdos entrañables guardaba para nosotros, nos impulsó a acercarnos en un relajante paseo hasta el añorado lugar y, en cuanto llegamos, nos detuvimos emocionados frente a la casa donde yo había nacido y tantas veces había sido contemplada por Álvaro en un enigmático deseo de solucionar su ansiedad amorosa.
Conmovida por los recuerdos me apretujé contra su cuerpo en un afán de protección ante un sentimiento de tanta intensidad. No podía explicar el motivo, pero estaba cercana al llanto. Él, emocionado, no sé si contagiado por mi o por la profundidad de sus propios sentimientos, me estrechó por la cintura. Advertí como, comprensivo, intentaba dominar aquel desconcierto que compartíamos y cuando, al fin pudimos hablar, casi al unísono, pronunciamos las mismas palabras:

-Nos hemos encontrado con treinta años de retraso...
.
Contemplamos el mar en silencio durante un largo rato abrazados el uno al otro como si temiéramos perdernos o desaparecer para no volver a encontrarnos, luego, con un hondo sentido de realización en nuestros corazones imposible de clasificar, nos alejamos lentamente por el Paseo. En aquel momento, sin que mediaran palabras, como si un rayo de luz iluminara nuestras mentes oscurecidas, comprendimos que nuestro amor era eterno... no tenía principio ni fin; lo nuestro no había sido un encuentro fortuito, por eso las casualidades, las coincidencias y los impulsos inexplicables. Debíamos encontrarnos, era imperativo. Todo el evento estaba preparado por un destino que nos mantenía unidos a través de los tiempos..., sin embargo, esta vez, era muy probable que la marcha indebida de la ciudad de San Sebastián en mi adolescencia, había retrasado el encuentro. Hoy nos llamábamos Álvaro y Marta, no conocíamos nuestros anteriores nombres ni nuestras anteriores nacionalidades, pero teníamos la seguridad de que aquella ciudad hermosa, era, vida tras vida, nuestro punto de unión, no era posible realizarlo en otro lugar. Sólo allí, juntos los dos, era donde podríamos descubrir que un misterioso azar entrelazaba nuestras existencias a través de los siglos.
El atardecer comenzaba a adueñarse del ambiente y mientras caminábamos saboreando nuestro amor eterno, Álvaro sacó de su bolsillo un pequeño paquete que me entregó con unas palabras entorpecidas por la emoción.

-Es para ti. Lo encontré en un anticuario y pensé que te gustaría...

Abrí la pequeña caja de cartón. En su interior sobre un trozo cuadrado de algodón, brillaba un broche de plata en el que destacaba una cruz celta en el centro del círculo. Me pareció que la sangre huía de mis venas. Aquel broche era exacto al que mi antigua y desconocida pariente de la fotografía, “la mujer del broche celta...”, lucía entre los encajes de su cuello.
Álvaro tuvo que sujetarme fuertemente entre sus brazos para evitar mi caída, me confortó sentir su boca sobre la mía en un largo beso y continuamos caminando por el paseo de la Concha mientras que, -me atrevo a decir que casi con devoción-, me prendía el broche celta sobre mi pecho. Sabía sin duda alguna que, desde siglos atrás, siempre me había pertenecido.
Anochecía en la ciudad, las luces de la bahía se encendieron iluminando toda su belleza...y comenzó a caer una fina lluvia sobre San Sebastián.
MAGDA R. MARTÍN







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MensajeTema: Re: EL CERTAMEN   Vie Jul 02, 2010 7:16 pm

Es una historia preciosa como de cuento de hadas. He disfrutado cada palabra leyéndola.
Una historia por cierto muy bien escrita con una suavidad y dulzura difícil de igualar.
¡Felicitaciones!
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Xanino
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MensajeTema: Re: EL CERTAMEN   Sáb Jul 03, 2010 3:38 am

¡Muchas gracias amigo César por atreverte a leer toda esta "parrafada" y por tus palabras!
A quien haya leído más escritos míos, tal vez le parecerá reiterativo el argumento (que probablemente lo es); la ciudad de mi nacimiento donde se desarrollan los hechos, el tema de un amor eterno que trasciende vidas, el encuentro tardío,etc.Pero he de decir que es algo tan fuertemente marcado en mi vida, que me resulta imposible evitarlo. Es una necesidad tan imperiosa y constante este sentimiento, que me resulta difícil catalogar. San Sebastián, mi querida Donostia, es una ciudad que golpea mi corazón con una fuerza indescriptible cada vez que la visito, a la que no puedo dar una explicación coherente y desahogo en escritos que calman, aunque poco,esa afectividad desorbitada.
Gracias por leerlo (es un poco largo) y gracias, como no, por tus amables palabras. Un abrazo.
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