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 El Circo del Hermano de Zagam - Capitulo 7

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aldochapa
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Fecha de inscripción : 20/05/2010

MensajeTema: El Circo del Hermano de Zagam - Capitulo 7   Lun Jun 28, 2010 2:56 am

Me subí a la camioneta donde estaban los verdugos. Por lo visto no se quitaron sus atuendos y el líder aun tenía el mismo traje color negro. Sin duda la camioneta era de Maury, no solo la reconocí por fuera, sino también por dentro, por sus asientos de piel y lo más irónico y tenebroso, que del espejo retrovisor pendía la cabeza diminuta de mi amigo, como lo había visto la ultima vez, redonda y enorme.

Llegamos al destino. Los verdugos me bajaron a la fuerza, algo dentro de mí no quería entrar, percibía una trampa, pero cuando el líder abrió la puerta una sensación de confort me invadió y caminé sin preguntar. Al entrar noté que el restaurant estaba vació y en la última mesa, vestido con traje de gala y con una servilleta en su mano estaba el individuo sin nombre, limpiándose la salsa que se le escurrió al darle una mordida a una de las alitas.

Me dirigí hacía él, cerré mi puño y lo golpeé en su rostro. Su cabeza rebotó en la pared, el plato cayó hacia el suelo manchándome el short y parte de la camisa, las alitas se dispersaron por todo el lugar y una risa melancólica se derivaba del sujeto agredido.

— Tanto como a cuasi, y yo, no tenemos dolor. Ahórrate las energías, no quiero que las gastes, tienes mucho trabajo que hacer.

— ¿Dónde están mis amigos? —Pregunté molesto agarrándolo del cuello de la camisa.

— Cuasi te dijo en donde estaban enterrados en el cementerio. Di que fui amable con tus amigos, por habérmelos entregado, le hice una tumba a cada uno y nos los tiré a la fosa como a la mayoría.

— Yo no hago tratos con demonios como tú.

— Ángel.

— No me interesa tu jerarquía del bien o mal, para mi eres una aberración.

Me di la vuelta y comencé a caminar. Antes de salir percibí mi perfume, ese maravilloso aroma de Lacoste que provenía de la cocina era superficial a la realidad, según recordé, no me puse ese perfume aquel día que salí a hacer ejercicio y todo cambió, pero porque olía tan fuerte, fuera como si me lo hubiera puesto, como si lo tuviera impregnado en la ropa que llevaba puesta pero no era así.

— No te enojes. Tengo un buen trato, acércate.

Me espabilé de la irrealidad, y volví a razonar si era conveniente hablar con el individuo sin nombre, o regresar a casa para olvidar todo lo que había sucedido. La idoneidad para negociar o escuchar la propuesta podría ser conveniente, como quiera, nada perdía si lo escuchaba, al final rechazaría su oferta.

Mis tripas rugieron en mi interior, tenía hambre, era obvio, no había comido desde la tarde del ayer y moría por probar un bocado, otro rugido con más estruendo se originó desde mi estomago, acto seguido los acompañantes no pudieron ocultar las risitas y no se disculparon por sus gestos de mala educación.

— Vaya, el muchacho tiene hambre —Dijo uno de ellos.

— No tengo opción.

Un camarero se acercó a mí y preguntó que quería comer. Yo ordené lo mismo que todos, alitas bañadas en salsa.

Los hombres de traje de etiqueta y los verdugos juntaron las mesas a distancia de nosotros, querían darnos privacidad, o quizás no querían meterse en los asuntos de su jefe. No importaba, mis tripas mandaban en ese instante.

Las alitas salieron de inmediato y corrí hacia la mesa. Educadamente le di las gracias al individuo sin nombre y las gracias por pagarme el desayuno. Comencé a devorarme alita por alita, desde pequeñas piernitas, hasta las alas que siempre se me ha dificultado comer. Estaban picosas, al menos comí unas 10 antes de que llegara mi vaso de bebida. Los ojos de individuo se postraban en cada bocado, y en cada aliento, y decía en voz baja. “Sigue comiendo, sigue comiendo”. No sé porque me detuve, su voz no fue normal. Lo miré molesto, y pregunté.

— ¿Qué traen las alas? —Dejé caer una piernita a medio terminar.

— Nada, solo que me apasiona verte comer, en un minuto comiste diez, pareciera que no habías comido en años.

— Está bien. ¿Tú no vas a comer? —Pregunté.

— No te preocupes, ya terminé de comer, me obligaste a hacerlo.

— Discúlpame. Fui un completo imbécil.

— El imbécil es una persona que hace cosas imbéciles. Y tú no lo eres, tú tuviste una causa para golpearme. No hay porque pedir perdón. Déjame entrar a mi punto. Tus amigos fueron asesinados por ser una escoria, no tenían juicio en tu mundo, al cabo de los años se convertirían en ladrones, asesinos, violadores, estafadores, y en muchas cosas más…

— No te creo, son mis amigos.

— Son una repugnancia.

— Tú lo eres —Le grité con esmero.

— No sabes quién soy —El contestó con un grito y con lágrimas en los ojos— Necesito el perdón y hago cosas que no me gustan, pero así debe de ser, así está escrito.

— No me importan tu ideología, no tienes derecho en arrebatar la vida de las personas…

El sujeto cayó mi frase con un golpe en mi boca.

— Soy el hermano de Zagam, el rey y presidente del infierno, estoy condenado por tener su sangre. No tengo nombre, me llaman de mil maneras y ninguna me apetece. Pensé que eras inteligente y me ayudarías, siempre fuiste de buen corazón, eres igual que todos. Termina tu comida, yo iré a servirme un vaso de vino rojo.

El hermano de Zagam se dio la vuelta y se encaminó hacia la cocina. El hambre se disipo por el miedo, pensando en los ángeles y demonios, muertes y cementerios, fantasmas y demás, todo era extraño e ilusorio.

Le di la última mordida a mi pieza y tomé un trago del vino rojo que me habían servido. La copa era de cristal muy llamativo, y el color del vino muy intenso, un color rojo y hermoso. Al probar del cáliz, el sabor era extraño no supe identificarlo, no sabía a vino, aunque si un ligero sabor a uva, le di otro sorbo, y como había deducido aunque no quise aceptarlo…

Capitulo
8








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El Circo del Hermano de Zagam - Capitulo 7
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