El lance
Tiró de la toledana
y sin demudar el gesto
se liberó del embozo,
dobló su capa en el suelo,
encaró al otro de frente,
adelantó el pie derecho
y “adelante”, le invitó,
“cuando queráis, todo vuestro”
Hubo unos primeros cruces
cautelosos, de tanteo,
investigando virtudes
y entre buscando defectos.
El oponente era fuerte,
de músculo largo y seco,
y en su esgrima demostraba
astucia de zorro viejo.
Tristán largó una estocada,
el otro paró hacia adentro,
y en chispas rojas y azules
se encendían los aceros.
Puños rápidos, revueltas,
ojo avisado, silencio,
farolas de luz y sombra,
la capa junto al chapeo
mudos únicos testigos
que apadrinaban el duelo.
Era ya noche cerrada,
y nítido aunque de lejos
cruzó el aire entre lo oscuro,
-oscuro cual cementerio-
ulular premonitorio
tenaz aullido de un perro.
Se redoblaban ataques,
se encendían los aceros,
se ahorraban florituras,
se reñía sobrio y serio.
Y en un lance afortunado
-si es que alguno puede serlo-
descuidó, en la acometida,
su atacante el flanco izquierdo;
y Tristán, de buena mano,
mientras zafaba su cuerpo,
marcó un tajo circular
que al otro alcanzó en el pecho.
Brotó la sangre caliente,
Y rojo vistióse el fieltro
del jubón que fuera verde
antes de un sino tan negro.
Con una rodilla en tierra,
laxa mano suelta el fierro
y un rostro de nieve y cera
ruega ya por Sacramento.
Tristán pregunta razón
a quien se apoya en su cuello.
¿Morís por quien no os amaba?
Muero porque yo la quiero.