Violencia doméstica
Hace tiempo, en un país lejano...
que jamás encontraremos ubicado
pues, por no confesar que es inventado,
decimos que está lejos... siempre a mano.
Vivían juntos en una cabaña
tres hermanos, el mayor era ciego
nació sin brazos el que vino luego
la pequeña – normal – era la extraña.
Fallecidos sus padres, cohabitaron
los hermanos en paz y en armonía
que fuera la pequeña la más cría
tomó el mando, igual se lo aceptaron
Aliviaban así sus deficiencias
a los dos, vista y brazos de la hermana
pero es muestra de condición humana,
conviviendo, que surjan diferencias.
Injusta invalidez, los dos mayores
(injusta y cruel a veces es Natura)
de los hombres la vida era más dura
los recursos de ella eran mejores
Por supuesto, de nadie era la culpa
(no intervienen sicólogos ni curas)
mas vivir situaciones más bien duras
a la gente normal lleva a trifulca.
Así pues los hermanos, sin opciones,
estaban cada vez más amargados
no encontrando un culpable a sus pecados
en su hermana volcaban frustraciones.
Nos demuestra la historia, siempre terca,
que aquel a quien no gusta como vive
reacciona de modo que recibe
embestidas el que se encuentra cerca.
Defenderse contra alguien agresivo
no sólo es natural y comprensible
a veces llega a ser imprescindible
si quiere el atacado seguir vivo
La violencia al principio era verbal
y eso, de por si, ya es mal asunto,
pero luego el desastre llegó al punto
que se pasó a las manos, al final.
Las manos...uno, manco, no tenía
el ciego usaba dos, pero sin tino
para el uno eras usarlas desatino
y al otro le faltaba puntería.
Sin embargo, la pobre criatura
que diarios ataques soportaba
como, al fin, la paciencia siempre acaba,
con ella puso fin a su cordura.
Si estos dos no me dan por impotencia,
que ganas obviamente no les faltan...
¿voy a estar observando como asaltan
mi físico, y, si atinan...pues paciencia?
Me parece que tengo los dos brazos
también para con ellos poner calma
a la próxima histeria, por mi alma
que les suelto a estos dos unos guantazos.
Apenas nada tuvo que esperar
cuando los vio de nuevo enfurecidos
los enfrentó con dos hierros bruñidos
y les dio una somanta de admirar.
Ahora está, la pobre, encarcelada
porque les hizo varios moratones
de las fraternas malas intenciones
pues no hay señal, el juez no sabe nada.