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 DESEADA LIBERTAD

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Xanino
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MensajeTema: DESEADA LIBERTAD   DESEADA LIBERTAD Icon_minitimeMar Mar 02, 2010 9:10 am

DESEADA LIBERTAD


Cuando él murió se quedó tranquila. La llamaron desde la clínica a las ocho de la mañana para decirle que acababa de fallecer. No dijo nada, se quedó en silencio y al cabo de unos momentos se oyó decir a sí misma: “Ahora mismo voy para allá”, y fue.

Lo vio en el ataúd, ya estaba amortajado. Se fijó en los ojos ligeramente entreabiertos que dejaban ver un iris muy claro, más claro que cuando estaba vivo, como si la muerte, llena de celosa rabia de su hermosura, los hubiese desteñido. Intentó leer una expresión en aquellas pequeñas rendijas y la primera palabra que llegó a su mente fue: sorpresa. La muerte le había sorprendido. Y se preguntó por qué. ¿Por inesperada? ¿por diferente a sus creencias? ¿ o porque le maravilló el cambio?

No lloró pero sintió pena. Una pena extraña. Como si contemplara el cadáver inocente de un niño desconocido. Luego, inmediatamente, la pena se transformó en serenidad. Había conseguido la libertad. Ahora ya podía volver a ser ella misma y de pronto, una ligereza de ánimo, una sensación de belleza, de juventud, la transformó y trocó todo su entorno triste en una esperanza de vivencias extraordinarias. Se sintió excarcelada, la jaula había sido abierta y ella podía salir a volar por los aires con entera libertad. Miró a su alrededor. En las miradas ajenas leyó asombro más que dolor. La gente, los demás, aquellos “otros” que siempre la habían intimidado, no comprendían la expresión de felicidad que delataban sus ojos, no, nunca sabrían los sentimientos de liberación imposible que llenaban su espíritu. Era como quitarse los grilletes de años pasados en el interior de una celda. Librarse de la esclavitud. Disponer de sus actos y de su persona con entera independencia. Aquella sociedad machista y retrógrada no comprendía su falta de dolor. Era una viuda reciente y su obligación era llorar, esconderse, humillarse. Sin embargo, había pasado ya por suficientes humillaciones y había escondido miles de veces sus naturales deseos para pensar sólo en los que él le imponía. Pero nunca se había doblegado del todo, siempre guardó su autonomía con celo, escondida en lo más recóndito de su espíritu para no olvidar su identidad. Aunque entonces no pudiera demostrarlo.

Ahora la sociedad era quien izaba con tiranía la bandera de la esclavitud pero no se dejaría vencer. Nadaría contra corriente, se agarraría al leño flotante de la indiferencia que la arrastraría hacia aguas tranquilas después de soportar las murmuraciones y críticas por su comportamiento. No le importaba. No cejaría en su empeño. Sabía luchar, lo había aprendido de la vida misma y se sentía tan fuerte como ella. Si era necesario, le echaría un pulso con la seguridad de salir ganadora. Se acabaron los silencios para evitar males mayores. Se acabó la resignación, se acabó esconder las lágrimas ante los desprecios, se acabó la hipocresía de su vida.

A partir de ahora, parecería otra pero nadie sabría que, en aquel momento, era cuando se presentaba su propia personalidad, esa que había estado escondida en una mazmorra porque la vida social le imponía otra con el pesado nombre de cumplimiento, deber, obediencia… aunque toda su humanidad le pedía a gritos la rebelión. Y negándose a si misma, cumplió, obedeció, aceptó y se sometió. Así perdió los mejores años de su vida que se apagó lentamente, sólo dejó viva, perenne, la llama de la esperanza.

Miró a un derredor que se presentaba distinto, colorido, luminoso, vivo. Levantó los ojos hasta un cielo más azul. Los pájaros en su vuelo jubiloso cantaban a la vida. El colorido de las flores brillaba en variados matices. El aire fresco, llevaba hasta su olfato perfumes de azahar, despertando recuerdos entrañables de juventud alegre ya olvidados...Volvió a mirar alrededor y se sintió viva… Había vuelto a nacer… Sólo faltaba por cumplir el deber último.

Cuando llegó al cementerio la rodearon familiares, amigos y conocidos todos más o menos atribulados o, tal vez, fingiendo esa tristeza que exigía la hipócrita sociedad. Apareció deslumbrante ante la asombrada mirada general y sonrió. Esperó, serena, la llegada del féretro y aquel momento final en el que lo introdujeron en la tumba. Aquel preciso momento en el que ella, aferraba fuertemente entre sus manos su tan deseada libertad.

Se fue sola, caminaba… El viento sopló fuerte azotando su rostro como si fuera un reproche. Ella se limitó a secar las lágrimas con el dorso de la mano.
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