Entre el flamear de llamas hechiceras.
Sobre el dolor ardiente de mis vísceras.
Bajo la densa bruma del etílico
y el incesante daño a mis neuronas,
percibí un potente impulso, levantando
mis cansados y vencidos huesos.
Cálidas manos sobre mis despojos,
sólidos brazos como acero, como roca,
a los que pude asirme sin vergüenza
para volver , juntando mis retazos
desde el abismal delirium tremens.
Cuántas veces decidida, a tu sonrisa me aferré
y cuántas nuevamente me solté
en busca de falso y atrapante consuelo.
Tuve que revolcarme en lo hedores
que tapizaban las simas de mi mente.
Tuve que caer y caer sumisa , sin control,
entre la fosas de mi pensamiento,
intentar sentirme digna de tu amor
y en vano intento, abatida, renunciar…
pedir que la muerte me llevara.
Hacia el final, en un instante de cordura,
desde mi nublada vista…desde el alma,
presté atención a la límpida mirada
que noche a noche ,estuvo ahí, en vela,
iluminando cual faro milagroso
mi atribulada barca a la deriva…
Sólo quien compartiera en mis entrañas
los dolorosos devaneos y los traumas
de una mujer enferma de abandono,
pudo salvarme del insondable averno.
Sólo tú, hijo tan amado. El gran imán,
el que sostuvo mi vida en este mundo.
Sólo tú , necesitando de mi abrigo,
diste el abrigo que yo necesitaba.
El que con sus balbuceos, resucitó mi esencia,
me trajo a la razón, a la conciencia,
para llegar a disfrutar, de inmerecido premio…
el dulcísimo sonido de un “mmma-mmá”
Solo tú , mi pequeño gran gigante,
con amor infinito…¡Me salvaste!