En ocasiones, esos momentos de silencio pueden ser gritos desgarrados, ecos sin sonidos, gritos ahogados. Un silencio total puede en ocasiones ser más expresivo que el mayor de los gritos en la distancia.
Silenciar la voz no es olvidar, tampoco perdonar o dejar pasar ni no sentir; menos aún dar por acabado algo o nada. Es simplemente otra de las formas de expresarnos aunque a veces no la entendamos.
En una ocasión leí que somos dueños de lo que callamos y esclavos de lo que decimos; quizás el silencio sea otra manera de esclavitud que nos proponemos ejercer junto con la manera de querer seguir siendo dueños de nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y de nuestras penas o simplemente respetuoso con ésas otras personas que no piensan como nosotros.
Hay, también, silencios que ofenden, que rezuman hipocresía; silencios que son actos cobardes. Quienes así lo hacen es porque aplican el silencio como acto de resentimiento; también hay silencios que son una forma de amar calladamente, silencios que se ocultan para que otros no sufran contigo. Sin embargo en el silencio, en el silencio más absoluto estamos pidiendo – con gritos de silencios -, que alguien nos preste algo de atención aunque sea en silencio.
Todos hemos pasado alguna vez por momentos de silencios, incluso los que, como yo, he llegado a escucharlo en la inmensidad del desierto de Tiscamanita en la isla de Fuerteventura. Quizás algún día o quizás en algún momento salgan a la luz como un volcán en erupción los sentimientos escondidos y/o contenidos o guardados por pudor; pero el silencio sigue estando ahí, no deja de ser un grito sin sonido, una llamada de atención sin señales que sólo se oye por quien está atento y sabe escuchar e interpretar al silencio.
Teknarit, África.
