(A modo de cuento, pero es verídico)
Aquella mañana cuando el despertador con su tilin, tilín me despertó, empezó el ritual de cada día.
En días anteriores, la puerta de la alcoba de Andrés se la había comido el comején y como mi bolsillo no era amplio en esos días, este marco no dejaba que los sueños de él se quedaran encerrados.
Abrí la puerta de mi alcoba y cuando pasé por ese marco desnudo para dirigirme al baño, vi que Andrés estaba tendido sobre la cama durmiendo con su cuerpo boca abajo. Sin embargo, vi que había un cuerpo en posición de cuatro patas sobre el cuerpo de Andrés.
Inmediatamente y como mis pasos habían avanzado me asaltó una pregunta:
—Con quién está Andrés, a quien entró?—
Cuando volví sobre mis pasos vi que era él mismo quien estiraba brazos y piernas y se fundía en su cuerpo.
— ¡Es él mismo!—
Como mi cuerpo ya tenía la orden de sentarme en la taza del sanitario no tuve más remedio que cumplir con mi necesidad. Estaba estupefacta.
Volví a mi cama y empecé a rezar:
—“Padre nuestro que estás en los cielos”…
—Creo que ha salido a recoger los pasos— como dicen las abuelas y con estas palabras el impacto no salía aún de mí, además pensar que se iba a morir me torturaba y dejé que las lágrimas corrieran por mis mejillas.
—No puede ser, no puede ser, lo quiero tanto—
Busqué a alguien que sabía de estos temas y le comenté mi visión.
— ¡Qué linda y maravillosa experiencia!— Jamás he podido observar algo así, empezó diciéndome.
—No se preocupe, él no se va a morir, estaba entrando en su cuerpo—
Cuánta razón tenía, han pasado diez años desde aquella mañana que vi semejante espectáculo, Andrés tiene hoy 27 años y está vivito y caminando.
Etelsaga, marzo 2008
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La alegría se multiplica cuando la dividimos...
Richard Bach....